sábado, 8 de junio de 2013

Newsletter Laura Gutman Junio 2013

Enfermarse
Paradójicamente, no hay nada más saludable que enfermar. Siempre y cuando estemos dispuestos a comprender cuál es el significado esencial de la enfermedad. Toda enfermedad es expresión del alma, por eso nos compete comprender el lenguaje de los síntomas. Caso contrario, pretenderemos suprimir el síntoma pero entonces nos quedaremos sin los mensajes más directos y claros de nuestro propio ser interior. No sirve matar al mensajero. Los mensajes -aunque no nos gusten- nos indican por donde tenemos que continuar el camino.

¿Acaso no hay que luchar contra las enfermedades? En verdad, sería ideal no combatir ninguna enfermedad, sino por el contrario comprenderla, ya que eso que se manifiesta en el cuerpo es reflejo de una parte de nosotros mismos. Claro que no es fácil. Por algo el dolor, la rabia, un obstáculo o un miedo insuperable no los hemos podido admitir en el pasado y lo hemos “relegado a la sombra”. Pasa que luego, eso que nos pasa vuelve a aparecer pero esta vez en el plano físico. Se hace visible. Se presenta bajo la forma de enfermedad en el cuerpo. Nuestra reacción automática será la de volver a rechazarla como si fuera algo que no nos pertenece. En esos casos, anhelamos tanto no enfrentarnos con esa porción de realidad, que creemos que suprimiendo el síntoma, desaparecerá el dolor emocional. Lamentablemente eso no sucede, sino por el contrario queda rezagado y se hace presente una y otra vez, incluso convirtiendo a la enfermedad en una dolencia crónica.

¿Pero entonces no es necesario atender la enfermedad corporal?. Sí, claro que vamos a tratar de disminuir el síntoma. Pero tengamos en cuenta que la supresión del síntoma no significa curación. Tenemos dos desafíos: aliviar el dolor por un lado y -además- formularnos aquellas preguntas que no tuvimos la fortaleza de plantearnos en el pasado. Preguntémonos qué nos impide y qué nos impone esta enfermedad y constataremos la alineación perfecta entre nuestro ser esencial y el síntoma. Esta investigación amorosa para vincular nuestro “yo interno” con nuestro “yo externo” requiere cierto entrenamiento, pero a medida que las piezas encajen con lo que sabemos que nos pasa, será un ejercicio cada vez más tangible.

viernes, 7 de junio de 2013

Newsletter Laura Gutman Mayo 2013

La masificación de embarazos y partos
Cuando quedamos embarazadas y empezamos a averiguar de qué se trata todo esto, nos encontraremos fácilmente con las propuestas convencionales: visitar al médico, someterse a las rutinas de controles y análisis clínicos, las famosas ecografías cada vez más banales que nos acercan la mirada a la vida intrauterina de nuestro bebe como si fuera una película, y la preparación para un parto en un establecimiento médico. Hasta ahí….casi nadie se altera. Todo parece normal. Sin embargo es una autopista con peaje, garantizándonos el encastre en la lógica del sometimiento.

¿A nadie le llama la atención que una mujer que ha hecho el amor con un hombre y que chorrea sexo, amor, fluidos y sudor, tenga que someterse a la asepsia de un consultorio medico que nada tiene que ver con “eso” que está gestando? ¿Acaso no es un desastre ecológico que las mujeres entreguemos nuestros cuerpos, nuestros tiempos de gestación, nuestros partos y nuestro amor a personas que tienen muchísimo miedo de las pulsiones vitales y de quienes no sabemos absolutamente nada, ni ellos saben de nosotras? ¿No es espantoso? ¿No es evidente que –alejadas de nuestro ritmo femenino intrínseco- nos viene fenomenal subirnos a cualquier pensamiento externo y creer cualquier cosa con tal de no contactar con nuestro ser verdadero?

Una embarazada saludable no debería estar en un consultorio médico esperando su turno durante horas para preguntarle a un desconocido cómo está una misma. No tendría que estar sometida a miedos equivocados. No tendría que llegar ignorante de sí misma a su propio parto. No tendría que salir de su casa para ir a ningún lugar a parir. No tendría que estar obligada a sacarse la ropa, o a no comer, ni a ser pinchada, ni tendría por qué recibir occitocina sintética, ni que otros determinen cuándo el bebe debería nacer, ni cuánto tiempo debería durar su parto. Tampoco nadie tendría que “presenciar” el parto. ¿Qué es eso de “presenciar”? ¿Acaso alguien “presencia” la escena cuando hacemos el amor? Si no estuviéramos congeladas, no aceptaríamos tactos vaginales realizados por personas que no conocemos y a quienes no les hemos dado permiso, ni ofreceríamos alegremente nuestros brazos para ser pinchados sin preguntar siquiera qué es lo que nos están inyectando. Por supuesto, tampoco consideraríamos que la cesárea es una práctica fantástica ni anhelaríamos que alguien nos corte con un bisturí para irnos rápido a casa. Todo esto es posible porque transitamos por autopistas convencionales y porque además, suponemos que no existen alternativas.

Que masivamente las mujeres atravesemos nuestros partos desconectadas de nuestras emociones y congeladas -incluso literalmente anestesiadas- es el inicio de la desconexión con el niño que va a nacer. Porque si no ponemos nuestra humanidad femenina en juego, el recién nacido percibirá el nido vacío. De ese modo continuará girando la rueda de la desesperación y la ira, y más tarde la necesidad de dominar. Lo que más me llama la atención es que a muy pocas personas les llame la atención. Sólo cuando participemos en las escenas del inicio de la vida con la fuerza arrasadora de nuestras pulsiones vitales, las cosas van a empezar a cambiar.

jueves, 6 de junio de 2013

Newsletter Laura Gutman Abril 2013

Los abusos sexuales
El abuso sexual es un delito. Sucede cuando alguien con más poder somete a otro más débil, haciendo algo que el más débil no quiere, con el único objetivo de satisfacer aquello que el más fuerte sí quiere. En nuestra civilización, el abuso está presente en todos los ámbitos. El abuso específicamente sexual, es una forma más: ni la única ni la peor. A mí me llama la atención que nos sorprendamos tanto cuando aparece periódicamente en los medios de comunicación, algún que otro caso resonante tanto como el aparente “revuelo” que causa en la opinión pública, como si no fuera un hecho banal, cotidiano, y que nos atraviesa en alguna medida, a todos. Los abusos sexuales están presentes dentro de las relaciones afectivas familiares. Con increíble frecuencia, se trata de un adulto que somete a un niño, intramuros. ¿Por qué los adultos haríamos algo así? Se trata de desesperación primaria. El abuso –sexual o emocional- sigue la misma línea del orden “dominador-dominado”. Simplemente hay modalidades aprendidas desde la primera infancia que luego se perpetúan: es la necesidad infantil de consumir amor, afecto, cuerpo, ternura, o lo que sea con tal de no seguir soportando el vacío. Los abusos no los cometemos las personas de mente atormentada. No. Somos personas como casi todos, un poco más hambrientos o un poco más necesitados de amor. Al fin y al cabo lo único que hacemos es tratar de nutrirnos. El niño se convierte en nuestro bocado perfecto. Nuestra capacidad emocional se estancó durante nuestra niñez. Ahora vivimos dentro de un cuerpo de adulto pero tenemos organizadas las emociones como si fuéramos niños hambrientos. ¿Los abusadores nos damos cuenta que estamos haciendo algo malo? Depende. Podemos percibir que es una relación socialmente condenable. Pero honestamente, también es condenable que nuestra infancia haya sido horrible y que nadie se haya ocupado de nosotros. ¿Qué es lo que está bien y qué es lo que está mal? Desde nuestro punto de vista de adultos con emocionalidad de niños…sólo tratamos de satisfacer nuestro vacío. Intentamos amar y ser amados, confiamos en que lograremos saciar años de soledad y por otra parte hay un cuerpo blando de niño que está disponible. ¿Pero acaso no es algo aberrante? Por supuesto que las consecuencias para el niño son nefastas. Sin embargo es preciso que comprendamos las dinámicas completas. Porque rasgarnos las vestiduras proclamando que el abuso sexual es algo horrible e inhumano y que todos los violadores tienen que ir a la cárcel, está muy bien pero no sirve para nada. Miremos de frente la realidad. Mucho más espantoso es el desamparo cotidiano e invisibleque hemos vivido siendo niños, y que nos ha obligado a arrojarnos en brazos de quien sea, buscando amor. ¿Qué pasa cuando los niños que hemos sufrido abusos sexuales nos convertimos en adultos? Es posible que recordemos el abuso sexual como una experiencia terrible, pero lamentablemente no tendremos conciencia de laentrega de nuestra madre o de quienes tenían que cuidarnos. Al contrario, nos convertiremos en los más firmes defensores de quienes nos lanzaron a la fosa de los leones. Por supuesto, el niño nunca es responsable. El adulto siempre es responsable. ¿Qué podemos hacer ahora? Encarar una indagación honesta y dolorosa sobre la propia sombra -es decir sobre el alcance real de las experiencias que hemos sufrido desde la primera infancia- caso contrario, seremos reproductores involuntarios de más abusos.

miércoles, 5 de junio de 2013

Newsletter Laura Gutman Marzo 2013

Violencia escolar y “bullying”
La violencia escolar no se resuelve en la escuela, porque no es un problema de la escuela. Es un problema que se gestó en cada familia. En verdad, es la expresión fehaciente del desamparo histórico que ha sufrido cada niño. La escuela es apenas el ámbito en el que el niño manifiesta la desesperación, la soledad y la rabia contenida a causa del maltrato y abandono. ¿Qué hacer? En principio tengamos en cuenta que no sirve hacer alianzas en contra de los niños ni suponer que merecen ser castigados. Eso no sirve para nada. Los padres somos responsables –porque la violencia de los niños es consecuencia de la violencia (a veces invisible) a la que han sido sometida esos niños- por lo tanto, tendremos que buscar mecanismos para lograr mayor comprensión, acercamiento afectivo, palabras, escucha y propuestas solidarias.

¿Y qué hacer frente al “bullying”? Cuando el “bullying” ya ha traspasado las fronteras de la escuela y todos hablan de ello, es porque las personas grandes hemos desoído absolutamente todas las señales que los niños han dado durante mucho tiempo, tanto acosadores como acosados. Recién cuando las cámaras de televisión lo toman como una noticia, todos nos rasgamos las vestiduras hablando de este nuevo “flagelo” social. Sin embargo las cosas no funcionan así. El acoso, las amenazas, la humillación de los niños más fuertes sobre los más débiles, las “bandas” de niños que se agrupan para atemorizar y las palizas que ya han circulado en el ambiente estudiantil, están presentes y -todos lo sabemos- desde hace tiempo. En ese entonces, hemos preferido suponer que no era grave. No hemos sido capaces de acercarnos a los niños agresivos, que son quienes más desesperados están. Tampoco hemos respondido a los requerimientos de seguridad de los niños más pasivos. Hasta que la tensión explota. No es en medio de una explosión que podremos tomar buenas decisiones, sino antes de que eso ocurra. Es imprescindible que miremos los escenarios con lucidez y valentía para amar a todos esos niños en medio de un desierto emocional que hiela la sangre.

¿Entonces cómo prevenir la violencia escolar? Esa es la única pregunta que vale la pena: Revisando nuestras discapacidades a la hora de amar a los niños. Observando con honestidad nuestra propia historia, nuestra infancia y nuestro desamparo, para comprender por qué hoy nos resulta tan difícil responder a las demandas de los niños. Sólo cuando aceptemos que los niños tienen razón en pedir lo que piden pero somos los adultos quienes no estamos a la altura, comprenderemos que es injusto exigirles que se callen o que se queden quietos o que no sean fastidiosos o que se porten bien. Mientras tanto, nos dedicaremos a resarcir nuestras historias amando más y más. Porque no hay mayor prevención contra la violencia que un niño amado, sostenido, avalado, comprendido, escuchado, valorado y acompañado.

martes, 4 de junio de 2013

Newsletter Laura Gutman Febrero 2013

El pulso dominador-dominado en las instancias individuales y sociales
Cuando los adultos tenemos dificultades para ofrecer al niño aquello que el niño pide, nos corresponde revisar nuestro propio desamparo infantil en lugar de echarle la culpa a la criatura. El cálculo es sencillo: si tuvimos hambre (emocional) durante nuestra infancia, esa experiencia perdura en nuestro interior. Luego, cuando devenimos adultos y nos toca nutrir a otro (en este caso, al niño) no tenemos con qué. Entonces nos parece “desproporcionada” la demanda. Si durante nuestra infancia no sólo hemos sufrido desamparo y abandono, sino que además el nivel de violencia, abuso o represión sexual han minado nuestra capacidad de amar, obviamente, nuestros recursos emocionales a la hora de amar a otro -adulto o niño- se verán mucho más comprometidos.

Estos temas nos incumben a todos, ya que todos hemos nacido del vientre de una madre y aquello que nos ha acontecido con nuestra madre, ha determinado el devenir de nuestras vidas. Sobre todo si no estamos dispuestos a revisar aquello que nos pasó ni qué hemos hecho con eso que nos pasó, para tomar decisiones libres respecto a qué queremos seguir haciendo a partir de eso que nos pasó.

El desamparo, la violencia y la dominación de los deseos de los adultos por sobre los deseos de los niños, es intrínseco al Patriarcado, o sea, es propio de nuestra civilización. Es raro encontrar niños a quienes no les haya sucedido todo “eso”. Los mecanismos de dominación los hemos aprendido desde nuestras más tiernas infancias. Esas modalidades luego se multiplican en el seno de las familias, de los pueblos, de las ciudades y por supuesto dentro de las organizaciones de los Estados. Es sólo una cuestión de escala. Aquello que hacemos las personas en nuestras vidas privadas, se plasma en los vínculos colectivos. Nuestros modelos de relación en un formato individual son equivalentes a los funcionamientos en una escala social. Es lo mismo, pero con mayor envergadura. De hecho, la vida colectiva siempre es un reflejo de la sumatoria de vidas individuales.

Todas las comunidades ideamos un orden posible para gestionar la vida colectiva. Votemos a quien votemos, seamos más democráticos, socialistas, comunistas o liberales…haremos lo que seamos capaces de hacer como individuos. Justamente, como somos las personas que somos (es decir, niños desamparados y hambrientos) estableceremos sistemas de dominación. Luego -cuando accionamos en la vida pública- haremos lo mismo que en la vida privada.

Ahora bien, la forma más eficaz para “darnos cuenta” que estamos dentro de un pulso, ya sea de dominadores o de dominados, es revisando primero los “discursos engañados” individuales. Pero eso…se me ocurre que desentrañar el gran engaño global, sólo será posible cuando un puñado de algunos millones de personas emprendamos esa aventura. Individualmente.

lunes, 3 de junio de 2013

Newsletter Laura Gutman Enero 2013

Las psicoterapias
¿Sirve ir al psicólogo? Depende. Vivir una vida consciente, hacerse preguntas personales, pedir ayuda externa para observar aspectos propios que no comprendemos, reflexionar sobre nuestras elecciones, revisar los acontecimientos en los que participamos…es esperable y es signo de madurez emocional. El problema no es intentar conocerse más, sino la idoneidad de algunos profesionales. Lamentablemente, la “psicología” ha tomado rumbos estancos, prejuiciosos y soberbios. Muchos estudiantes de psicología quienes luego devenimos profesionales, no practicamos la introspección o bien somos meros repetidores de teorías obsoletas que no desparraman beneficio algunos sobre los consultantes.

¿Cómo elegir una terapia? No es tan importante elegir un sistema terapéutico determinado, sino un buen profesional. El método que se utilice es una herramienta -generalmente valiosa- para lograr un encuentro humano entre profesional y consultante. Al igual que en otras áreas de la vida, merecemos probar y luego mantener la libertad interior para decidir si nos sirve, o si precisamos seguir explorando hasta encontrar aquello que encaja con nuestra búsqueda. ¿Qué hacer si el terapeuta no nos deja terminar el “tratamiento”? Ese es un abuso de poder inadmisible. Los adultos sabemos lo que necesitamos, porque todo nuestro ser nos lo reclama. El hecho de suspender, espaciar o cambiar lo que sea respecto a las visitas a un terapeuta, depende de nuestra madurez emocional asumiendo que somos responsables de nuestras elecciones.

¿Todas las personas necesitamos terapias? No. Lo que sí necesitamos es conocernos más, para no caminar por la vida con los ojos vendados. Algunos encontramos otras instancias: la meditación, la respiración, otros lenguajes sagrados, el rezo, el amor.

¿Qué pasa si yo emprendo una terapia pero mi pareja no cree en “eso”? No pasa nada. Si uno es capaz de comprenderse más y a partir de allí, generar movimientos concretos a favor del otro en nuestra vida cotidiana; el escenario completo va a cambiar. Y todos seremos beneficiarios. ¡Eso es mucho mejor que mandar a todo el mundo a hacer terapia!
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