viernes 17 de julio de 2009
No me olvido!!
Despues de soñar muchos años con el techo propio, finalmente vemos la posibilidad de acceder a un crédito hipotecario y hacer realidad ese sueño, así que en este momento estamos abocados a la busqueda de nuestro propio nido.
Por lo tanto, no queda mucho tiempo para inspirarme y escribir, ni buscar info para compartir, ya que todo lo que busco son casas, casas y más casas, que no creo que les resulte muy interesante ;-)
Me reporto, solo para avisar que no me he ido!! Y que ojalá el próximo post lo pueda escribir diciendo que ya encontramos nuestro lugar en el mundo.
Saludos!!
lunes 6 de julio de 2009
Newsletter de Laura Gutman del mes de Julio
domingo 28 de junio de 2009
Niños que pegan, niños que no se sienten amados
Los niños no nacen agresivos. Los niños no son naturalmente violentos, ni maleducados, ni coléricos ni irrespetuosos. Tampoco es verdad que los niños sean más agresivos que las niñas, ni que haya edades en que sea "normal" que se relacionen violentamente con los demás. No. Sencillamente todos los niños pequeños reaccionan a su entorno en un modo semejante a como han sido y son tratados.
El tema de la agresividad es dificil de abordar, en primer lugar porque cada uno de los adultos tenemos niveles de tolerancia muy diferentes respecto a las actitudes provocadoras de los demás. Lo que un individuo considera irrespetuoso otro piensa que es una nimiedad, ya que depende de las experiencias vitales de cada uno. Sin embargo, tomaremos el concepto de violencia cuando un niño lastima a otro. El daño puede ser provocado a través de golpes o insultos, aunque también habrá que tomar en cuenta los ataques menos visibles, como la humillación, el desprecio o la indiferencia, modos más sutiles, pero no menos desestabilizadores, que terminan igualmente hiriendo al otro.
¿Qué es lo que provoca que un niño necesite golpear o lastimar a otro? La desesperación. La exasperación por ser amado y tenido en cuenta según sus necesidades bien personales. ¿Acaso el niño pegador es aquél que no es amado? En realidad, sus padres lo aman, pero él no se siente amado, que son dos cosas muy distintas. Antes de desestimar estas ideas y de defendernos a nosotros mismos vociferando que sí amamos a nuestros hijos, hagamos un esfuerzo por pensar este amor, este vínculo que nos une, desde el punto de vista del niño pequeño.
Imaginar sus emociones
Situarnos en el lugar del otro es muy complejo, sobre todo porque en estos casos no tenemos recuerdos conscientes de cómo era vivir en el cuerpo de un bebé. Tendremos que imaginarnos sin ninguna autonomía, sin lenguaje verbal para explicar lo que necesitamos, absolutamente dependientes de los cuidados maternos, con hambre por momentos, con miedo en otros, con ansiedad, con impulsos vitales de supervivencia que no podemos manejar.
Cuando somos bebés y niños pequeños esperamos recibir los cuidados y el confort físico y afectivo que nos resultan indispensables para sentirnos bien. Tenemos la experiencia reciente de la vida intrauterina, por lo tanto es totalmente lógico que pretedamos cierto nivel de bienestar.
Pero cuando no lo obtenemos, cuando la espera duele, cuando el hambre aumenta hasta convertirse en sufrimiento, cuando la soledad lastima, cuando lloramos sin que nadie acuda, cuando el cuerpo está flotando en un vacío desgarrador, cuando nadie nos toca ni nos acaricia, cuando no somos acunados ni escuchamos melodías susurrantes; aparece la desesperación por obetener los cuidados mínimos y necesarios para sentirnos bien, es decir, para desarrollarnos saludablemente y crecer. Entonces reaccionamos. Hacemos lo que podemos con nuestros magros recursos. Pedimos auxilio a gritos. Escupimos. Mordemos. Pegamos. Incluso si sólo tenemos seis meses y todavía no somos capaces de desplazarnos por nuestros propios medios.
El castigo es la soledad
¿Qué sucede luego? Algo bastante peor de lo que esperábamos. Los adultos a su vez reaccionan a cuasa de nuestras conductas desesperadas, enfadándose y dejándonos cada vez más aislados. Nos acusan de ser niños malos, egoístas o maleducados. Nos castigan. Nos quitan lo poco que habíamos obtenido. Nos dejan aún más solos. Nos obligan a permanecer en nuestras habitaciones en medio de un silencio devorador. Algunas veces incluso nos pegan, pero la paliza no nos duele tanto como la soledad. Finalmente nos damos cuenta de que nadie ha escuchado nuestros reclamos, que estamos solos y perdidos. Que somos demasiado pequeño. Que no contamos con otras herramientas, y que simplemente tenemos la certeza, de un modo visceral, que no obtenemos aquello que necesitamos. No sabemos qué hacer. La exasperación por recibir cuidados amorosos nos enloquece, nos ciega, nos llena de furia y de impotencia. Entonces surge de nuestras entrañas la necesidad de pegar aún más fuerte, más velozmente y más inteligentemente. Necesitamos afinar nuestras estrategias. Si no pegamos, si no expresamos vitalmente esto que nos pasa, moriremos en el vacío de nuestra soledad. Es lo único que podemos hacer, incluso si sabemos que luego seremos cada vez más brutalmente castigados.
Con el tiempo vamos aprendiendo que, dentro del castigo, al menos logramos tener una existencia plena y concreta en las emociones de los adultos que nos crían. Cuando nos castigan, nos ven. Estamos presentes. Tenemos una entidad, aunque sea dentro del enfado de los mayores. Nos hablan, nos gritan, nos acusan; es verdad. Pero en esas circunstancias estamos existiendo para ellos, y esa existencia es motivo suficiente para saber que en la medida que sigamos golpeando, pegando o dando patadas, estamos presentes en el interés de los adultos. No es un amor amoroso pero es amor. Para confirmarlo, algunas vez dejamos de pegar, constatando que inmediatamente desaparacemos a los ojos del adulto. Luego volvemos a pegar y, mágicamente, volvemos a existir. Ya no caben dudas, es la mejor manera que hemos encontrado para ser tenidos en cuenta.
Una revisión sincera de prioridades
Pensándolo así, desde el punto de vista de los adultos, ¿vale la pena castigar a un niño que pega? ¿Sirve imponerle una penitencia? ¿Da resultados que lo sometamos a largos discursos sobre la buena educación? Ahora bien, ¿acaso es pertinente no hacer nada, suponiendo que va a madurar solo y que aprenderá con el tiempo? No. Ni lo uno ni lo otro. Porque en ambos casos el niño permanece solo y, en consecuencia, cada vez más desesperado por obtener la mirada, comprensión y presencia. No modificaremos sus actitudes si lo aislamos o abandonamos.
¿Que hacemos entonces? Pues estaremos obligados a reconocer cuántas veces el bebé o el niño pequeño nos ha pedido presencia y no hemos sido capaces de responder. Tendremos que constatar y tomar en cuenta los pedidos de presencia, de tiempo, de observación, de quietud o de silencio que el niño ha demandado sin éxito. Será necesario revisar dónde hemos puesto nuestras prioridades, cuáles son las situaciones que atendemos en primer lugar, cada día, cada noche, cada sábado, cada domingo, cada mañana, cada tarde, cada instante de nuestra vida. La tarea será sincerarse, y en lugar de echar la culpa a algo o a alguien, tratar de ver qué es lo que sí estamos en condiciones de ofrecer.
Un ejercicio interesante y revelador es escribir una lista de tareas. Habitualmente no dejamos de responder los correos electrónicos ni los mensajes de texto del móvil. Para la mayoría de los adultos el trabajo es un prioridad, y es lógico que así sea. El secreto es constatar si cuando regresamos a casa el trabajo sigue siendo nuestra prioridad, o si somos capaces de desplazar ese interés a las demandas y requerimientos del niño pequeño. Será útil revisar la lista de obligaciones diarias que asumimos y ver si algunas de ellas son delegables. Si alguien nos puede ayudar, no cuidando del niño, sino haciéndose cargo de algunas tareas cotidianas que nos quitan tiempo y disponibilidad para nuestros hijos.
Recuperar su confianza
Todo niño pegador necesita ser más abrazado que antes. Todo niño agresivo necesita el calor de un cuerpo acogedor sabiendo que tiene permiso para permanecer allí, acurrucado, todo el tiempo que desee. ¿Hasta cuándo? Hasta que confíe en que no lo volveremos a abandonar. Hasta que constate una y otra vez que cuenta con nosotros, que no hay nada en el mundo que nos importe más que su bienestar. ¿Y cuánto tiempo puede durar eso? Un año, dos, cinco, diez, toda la vida... Depende.
¿Qué podemos hacer cuando comprendemos que el niño pide más presencia y cuidados de los que somos capaces de prodigar?Hablemos. Seamos honestos. Relatemos nuestras dificultades. Y luego busquemos sustitutos. En lugar de desmerecer lo que nos solicitan, reconozcamos que tienen necesidades especiales, que nosotros no somos capaces de responder según sus expectativas, pero que estamos en condiciones de pedir ayuda para satisfacerlos. Si estamos discapacitados afectivamente o contamos con pocos recursos emocionales, asumamos que ellos merecen, como mínimo, la explicación pertinente y modos posibles de resarcirse.
Consecuencias para el futuro
¿Qué sucederá si dejamos que las cosas siguan como están, sin intervenir ni modificar nuestra capacidad de amar? Pues que el niño organizará su sistema de intercambio afectivo a través de la violencia, que puede ser visible o invisible. Así, puede convertirse en un niño o joven golpeador. Siendo mayor y autónomo, ya no se sentirá con derecho a reclamar amor materno. Además, ni siquiera sabrá que eso es lo que anhela. Tal vez se convierta en un ser despóticamente exigente con sus padres, sus parejas o sus amistades. Creerá que tiene derecho a ser compensado siempre, pero por más que golpee, patalee o vocifere, una vez más, será despreciado por la sociedad en conjunto. Siendo adulto, los cambios dependerán de su capacidad de reconciliarse con su histórica soledad.
Artículo de Laura Gutman publicado en la revista española Tu Bebé del mes de Abril de 2009.-
domingo 21 de junio de 2009
Felía Día del Padre!!!
Frente al agobio, la confusión y el cansancio que padecemos cuando tenemos hijos pequeños, las mujeres quisiéramos tener a mano una serie de “obligaciones” para endilgar al varón a quien percibimos más libre y autónomo y con una vida que no ha cambiado tan drásticamente como la nuestra. Somos las mujeres quienes necesitamos creer que un “buen padre” se ocupa de tal y cual manera de los hijos que tenemos en común. Pero cuando esto no ocurre, nos abruma el rencor y la desilusión.
Los “roles” que cada uno asume son hechos culturales. O personajes que repartimos entre todos para que una escena pueda ser representada. De modo que, cuando un niño “entra en escena” (o nace), se nos desacomodan todos los roles que teníamos asignados. Las mujeres nos encontramos en lugares que no habíamos dispuesto para nosotras mismas, nos sentimos afuera del mundo, solas, exageradamente demandadas, desgarradas entre permanecer en los lugares donde habíamos forjado nuestra identidad, o pendientes de las necesidades del niño pequeño. Frente a este panorama, observamos al varón que no está ni desgarrado, ni peleado entre nuevas y viejas identidades, ni malherido, ni agotado. Por lo tanto, nos resulta evidente que tendría que asumir parte de las tareas que por carácter transitivo de género, hemos asumido las que hemos devenido madres. Y ahí se ponen de manifiesto los desacuerdos ocultos de la pareja.
Pues bien. Sobre todo esto vale la pena conversar. Porque la presencia de un niño nos obliga a pensar cómo vivimos, qué esperamos unos de otros, qué organización familiar estamos dispuestos a construir y cuánta generosidad tenemos disponible. Por otra parte, los “roles” que asumamos, serán funcionales de acuerdo a si los hemos “planeado” juntos o no. Por ejemplo, si asumimos que la madre se hará cargo emocionalmente del niño, necesitará que “alguien” se haga cargo emocionalmente de ella. Y el varón que tiene al lado posiblemente sea el mejor postulante para ese ”rol”. En ese caso, no importa qué es lo que hace en función de su paternidad, no importa si baña al niño o si se despierta por las noches para calmarlo. Porque “es” padre en la medida en que sostiene emocionalmente a la madre para que ésta tenga fuerzas afectivas suficientes para acunar al niño. En cambio, si la madre no tiene disponibilidad emocional para el niño, o no tiene posibilidades de permanecer a su lado porque la economía familiar depende de ella; posiblemente haya un varón más “cariñoso” y en apariencia “buen padre” que se ocupa del hijo. Sin embargo, de un modo poco visible está obligando a su mujer a abandonar su despliegue maternante y desviando su preocupación hacia la adquisición del alimento. En estos casos, el varón no posibilita ni facilita una permanencia suave y dedicada de la madre hacia su hijo. Y este no es un dato menor, aunque las mujeres modernas creamos que la igualdad de derechos se basa en que tanto las mujeres como los varones asumamos indistintamente la crianza de los niños; desde el punto de vista del niño, no es lo mismo recibir cuidados maternantes femeninos que cuidados paternantes masculinos. Y eso que ni siquiera estamos hablando de lactancia, hecho que requiere una permanencia y disponibilidad irremplazables por parte de la madre.
Lo ideal sería que los “roles” estén todos asignados para jugar el juego de la familia. La mayoría de las veces, esto no ocurre. Hay un rol que pocas veces asumimos, seamos mujeres o varones. Es el rol de quien se despoja de sus propias necesidades a favor de las necesidades básicas, impostergables, urgentes e irremplazables de los niños pequeños. Cuando desestimamos los tiempos lentos de los niños, la necesidad de contacto, de brazos, de presencia física y de escucha genuina; nadie asume su rol.
Hablar de lo que le toca hacer al padre o de lo que corresponde hacer a la madre nos coloca en la lucha interminable por quien logra resguardarse más a sí mismo. Es verdad que nos faltan jugadores para la escena familiar. En la mayoría de los casos nos hemos quedado sin familia extendida, sin barrio, sin aldea, sin mujeres experimentadas ni grupos de pares para hacernos cargo mancomunadamente de los niños pequeños. Estamos todos muy solos y exigidos. En ese sentido, los varones que desean ser “buenos padres” tampoco logran responder a las expectativas. Fallan. Están cansados. Reciben palabras de desprecio. Se sienten poco valiosos. Escasamente potentes. Y se supone que deberían hacer lo que no hacen, es decir, llegar temprano a casa, hacerse cargo del niño, calmarlo, jugar con él, ser paciente.
Pensar el rol del padre dentro de la familia moderna tiene que coincidir con un pensamiento más generalizado sobre cómo vivimos todos nosotros, cómo y dónde trabajamos, cómo circula el dinero, quién administra, cómo nos manejamos respecto al poder dentro de las relaciones, cómo circula el amor y el diálogo dentro de la pareja y sobre todo qué importancia le asignamos a la libertad y a la autonomía personales. Porque es importante tener en cuenta que si estamos apegados a la propia autonomía, el niño no logrará recibir lo que necesita. Y si recibe el tiempo y la dedicación, será en detrimento de la libertad de la madre. Y desde ese lugar de pérdida de libertad, las mujeres nos ponemos exigentes con los varones, queriendo definir claramente qué roles deberían asumir. Con lo cual, estamos todos enfadados unos con otros. Por eso, el tema no pasa por luchar para determinar quién pierde más libertad, asignando deberes a diestra y siniestra, sino por revisar qué capacidad de entrega tenemos unos y otros. La maternidad y la paternidad no se llevan bien con la autonomía y la libertad personal. Tenemos que estar dispuestos a perderlas, si nos interesa el confort de los niños pequeños. Y en este punto, es lo mismo ser varones o mujeres.
Tal vez sea tiempo de mirarnos honestamente y reconocer qué es lo que cada uno de nosotros está dispuesto a dar. Comprometernos a eso y no más. Aceptar nuestras limitaciones y darnos cuenta que nos complementamos. Que hay algo que el otro ofrece que uno mismo no sería capaz. Y que si no da “todo” lo que quisiéramos, no lo coloca en un lugar donde “no da nada” sino que “da algo diferente”. De ese modo pierden sentido todas las discusiones sobre los roles adecuados, lo que se debe o no se debe hacer frente a algo tan difícil como criar niños pequeños.
Laura Gutman
sábado 20 de junio de 2009
20 de junio: Día Mundial del Refugiado
domingo 7 de junio de 2009
Nada como mamá, nada como mamar
Aquí lo tienen:
viernes 5 de junio de 2009
DIA MUNDIAL DEL MEDIO AMBIENTE
Para reflexionar sobre el hermoso planeta que tenemos, lo que estamos haciendo con él, y qué mundo heredaran nuestros hijos.
El momento de sumar nuestro grano de arena es AHORA.


