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viernes, 6 de noviembre de 2009

Más del 80% de los padres sobreexige a sus hijos


Hoy leí este excelente artículo del diario Clarín, y realmente se me ponían los pelos de punta.

Pensar que más del 80% de los chiquitos se enfrenta diariamente a situaciones que no pueden resolver por su edad, y que encima esa sobreexigencia viene de los propios padres, y para empeorarla, que a la frustración que esto les genere se suma "un chirlo", me parece terrible.

Y lo peor de todo, es que creo que ninguno de nosotros podemos escapar, como padres, a esta sobreexigencia, porque nos viene de la sociedad en la que vivimos.

Nosotros mismos nos hemos encontrado sobreexigiendo a Joaqui, por ejemplo para que salude a un familiar al que no había visto en su vida, o para que "se porte bien" en casa ajena, por miedo al que dirán, sobre todo teniendo en cuenta que por nuestra particular forma de ver la crianza, tal vez sentimos que estamos mucho más expuestos a las críticas y los comentarios de los demás.

Por supuesto, nunca hemos acudido al "chirlo", creemos firmemente que es violencia pura y dura, y estamos totalmente en contra de aplicar castigos físicos a los niños.

Pero debo decir, con mucho pesar y vergüenza, que en más de una oportunidad le hemos gritado y nos hemos comportado como auténticos dictadores. Está claro que aún nos queda mucho por aprender, mucho camino por recorrer en este proceso de criar con amor.

Volviendo al tema del artículo, creo que no sólo como padres, sino como sociedad, debemos replantearnos seriamente qué estamos haciendo con nuestros chiquitos: de 8 a 18 en una guardería desde los 45 días, pretendiendo que a los 6 meses se coman un platazo de puré con carne, que al año caminen, que a los 2 años hayan dejado los pañales, y que a los 3 (y también antes) digan buen día, buenas noches, por favor, permiso, gracias, no griten, no chisten, no corran, no molesten... sobre todo y particularmente cuando no estamos en nuestra casa. Cuando estamos en casa, solemos ser más permisivos, pero esta "permisividad" no se traduce en tiempo de juego, en lecturas compartidas, en paseos juntos, sino más bien en "dejarlos hacer lo que quieran con tal de que no nos molesten por un rato".

Me quedo con esta dos frases del artículo:



(...) hay que aceptar que no es un problema que el chico derrame la leche en el piso, no guarde los juguetes, no los comparta con otros nenes o no salude cuando llega de visita a un lugar. "Cuando se empieza a entender -señalan-que para cada situación los chicos necesitan su tiempo, la ansiedad de papás y niños baja y el clima se vuelve más propicio para establecer reglas".

Aprender a escuchar y a observarlos. Así, el vínculo fluirá.

jueves, 15 de octubre de 2009

No exagere: tanto elogio daña a los niños

Me llego este artículo, publicado en el diario chileno La Tercera.
Personalmente, suelo ser muy enfática cuando Joaqui y Emma hacen algo bien. "Muy bien!", "Qué lindo!", "Que bueno!", son expresiones que están bastante seguido en el día a día en mi boca.
No sé si estoy muy de acuerdo con este artículo. No obstante, sí creo que todo, en extremo, es malo. Por ende, los elogios porque sí, cuando en realidad no los sentimos, no creo que puedan llevar a nada bueno. Pero no estoy tan convencida de que los elogios que se hacen desde el corazón puedan tener repercusiones negativas.
De cualquier forma, aquí les dejo el artículo. Vale la pena leerlo y meditar al respecto.

No exagere: tanto elogio daña a los niños
Demasiados "¡muy bien!" cada vez que su hijo haga algo, puede convertirlo en adicto a las recompensas o terminar por afectar su desempeño escolar.

por Noelia Zunino - 11/10/2009 - 17:32


¿AMOR CONDICIONAL?
Así lo sienten los niños. La recompensa constante, el "muy bien" en todo momento puede llevar a la confusión de los niños. "Decir 'muy bien' significa que estamos ofreciendo atención, reconocimiento y aprobación por hacer algo que nos gusta como padres", dice el experto norteamericano Alfie Kohn, autor de 11 libros sobre el comportamiento humano y la educación. Pero eso, advierte, muchas veces lleva a los niños a creer "que son queridos sólo cuando ellos hacen lo que los padres elogian".
En esos términos, el reto o el castigo serían muestra de falta de cariño.
"En lugar de premiar, muchas veces es mejor explicar y ayudarlos a desarrollar las habilidades necesarias", dice Kohn.
MANIPULAR A LOS NIÑOS
"Si te sacas sobre un 6,5 estaré muy orgulloso de ti", son algunas de las recompensas verbales que se les suele decir a los hijos, pero a la larga, ese tipo de incentivo no da buenos resultados en el largo plazo.
"Los elogios funcionan a corto plazo, porque los niños pequeños están hambrientos de aprobación", dice el experto. En esos términos, el niño finalmente siente cierta manipulación, aunque no pueda explicar bien el porqué. Lo ideal, según plantea Kohn, es conversar sobre las repercusiones de las acciones. "Este enfoque es más respetuoso y ayuda a los niños a convertirse en personas reflexivas", dice. Lo importante es que la felicitación no se transforme en "haz lo que te digo".
ADICTOS AL ELOGIO
Hacen un dibujo y se los felicita. Dibujan algo similar en otra hoja y los vuelven a elogiar. Y así se repite la conducta paterna en cada ilustración del menor. ¿El resultado? Un niño adicto a los elogios. Se genera un círculo vicioso, cuanto más se los felicita, más necesitan los niños este tipo de recompensa por parte de sus padres. "Incluso aquellas felicitaciones que realizamos genuinamente por estar complacidos por lo que han hecho, tienen repercusiones en el menor, porque en vez de elevar su autoestima, se les crea una dependencia hacia los adultos que los hace sentirse menos seguros".
Mariarita Bertuzzi, terapeuta familiar y profesora de la Universidad de los Andes, concuerda con que "el exceso de refuerzo positivo crea personalidades muy dependientes, con baja tolerancia a la frustración y poca autonomía. Contrario a lo que se cree, no se genera autoestima alta con estas conductas". Para Bertuzzi, lo ideal es "reforzar los nuevos logros, no aquellos que ya se han conseguido".
¿EL FIN JUSTIFICA LOS MEDIOS?
Los elogios permanentes afectan la autoestima. Y dejar de decirlos, cuando antes era algo constante, produce en los niños falta de interés. Un estudio de la Universidad de Toronto concluyó que aquellos niños que eran elogiados frecuentemente por actitudes generosas, fueron menos generosos, en comparación con otros compañeros, en los días sucesivos. Estas reacciones se deben, según Kohn, a que "la generosidad no la veían como lo valioso en su propio sentido, sino como algo que deben hacer para obtener nuevamente esa reacción del adulto. La generosidad se convierte en el medio para el fin", dice.
SENTIMIENTOS REPRIMIDOS
Decir "muy bien" o "muy mal", no son tan antagónicos como se cree. Ambos son evaluaciones que emiten un juicio, los cuales le determinan al niño cómo sentirse. Kohn dice que en edades como la preescolar o cuando aprenden a caminar, es apropiada una guía y evaluación, pero asegura que "juicios constantes de valor no son ni útiles ni necesarios para el desarrollo de los niños. Un niño merece disfrutar sus logros y decidir cuándo y cómo sentirse", dice.
BAJO DESEMPEÑO
Si un trabajo creativo es elogiado, el siguiente será peor en comparación con el primero, según estudios observados por Kohn. Esto sucede porque en el primer trabajo el menor no estaba preocupado de los elogios: su objetivo era realizar un bosquejo creativo. Sin embargo, luego de felicitarlo, la meta es "continuar el buen trabajo" y hacerlo de tal forma que vuelvan a recibir el halago.
En cambio, quienes no lo recibieron serán más creativos para mejorar sus trabajos anteriores. Para Mariarita Bertuzzi, "al estar constantemente reforzado, el menor no distingue lo que es premiable de lo que no es y eso hace que tenga baja tendencia a superarse.

domingo, 28 de junio de 2009

Niños que pegan, niños que no se sienten amados

Es necesario que nos pongamos en su piel, la de unas criaturas que no consiguen comunicar con palabras comprensibles a nuestros oídos que no reciben lo que necesitan. Ofrecerles tiempo y el calor de nuestros brazos es la tarea pendiente.





Los niños no nacen agresivos. Los niños no son naturalmente violentos, ni maleducados, ni coléricos ni irrespetuosos. Tampoco es verdad que los niños sean más agresivos que las niñas, ni que haya edades en que sea "normal" que se relacionen violentamente con los demás. No. Sencillamente todos los niños pequeños reaccionan a su entorno en un modo semejante a como han sido y son tratados.


El tema de la agresividad es dificil de abordar, en primer lugar porque cada uno de los adultos tenemos niveles de tolerancia muy diferentes respecto a las actitudes provocadoras de los demás. Lo que un individuo considera irrespetuoso otro piensa que es una nimiedad, ya que depende de las experiencias vitales de cada uno. Sin embargo, tomaremos el concepto de violencia cuando un niño lastima a otro. El daño puede ser provocado a través de golpes o insultos, aunque también habrá que tomar en cuenta los ataques menos visibles, como la humillación, el desprecio o la indiferencia, modos más sutiles, pero no menos desestabilizadores, que terminan igualmente hiriendo al otro.


¿Qué es lo que provoca que un niño necesite golpear o lastimar a otro? La desesperación. La exasperación por ser amado y tenido en cuenta según sus necesidades bien personales. ¿Acaso el niño pegador es aquél que no es amado? En realidad, sus padres lo aman, pero él no se siente amado, que son dos cosas muy distintas. Antes de desestimar estas ideas y de defendernos a nosotros mismos vociferando que sí amamos a nuestros hijos, hagamos un esfuerzo por pensar este amor, este vínculo que nos une, desde el punto de vista del niño pequeño.


Imaginar sus emociones

Situarnos en el lugar del otro es muy complejo, sobre todo porque en estos casos no tenemos recuerdos conscientes de cómo era vivir en el cuerpo de un bebé. Tendremos que imaginarnos sin ninguna autonomía, sin lenguaje verbal para explicar lo que necesitamos, absolutamente dependientes de los cuidados maternos, con hambre por momentos, con miedo en otros, con ansiedad, con impulsos vitales de supervivencia que no podemos manejar.

Cuando somos bebés y niños pequeños esperamos recibir los cuidados y el confort físico y afectivo que nos resultan indispensables para sentirnos bien. Tenemos la experiencia reciente de la vida intrauterina, por lo tanto es totalmente lógico que pretedamos cierto nivel de bienestar.

Pero cuando no lo obtenemos, cuando la espera duele, cuando el hambre aumenta hasta convertirse en sufrimiento, cuando la soledad lastima, cuando lloramos sin que nadie acuda, cuando el cuerpo está flotando en un vacío desgarrador, cuando nadie nos toca ni nos acaricia, cuando no somos acunados ni escuchamos melodías susurrantes; aparece la desesperación por obetener los cuidados mínimos y necesarios para sentirnos bien, es decir, para desarrollarnos saludablemente y crecer. Entonces reaccionamos. Hacemos lo que podemos con nuestros magros recursos. Pedimos auxilio a gritos. Escupimos. Mordemos. Pegamos. Incluso si sólo tenemos seis meses y todavía no somos capaces de desplazarnos por nuestros propios medios.



El castigo es la soledad

¿Qué sucede luego? Algo bastante peor de lo que esperábamos. Los adultos a su vez reaccionan a cuasa de nuestras conductas desesperadas, enfadándose y dejándonos cada vez más aislados. Nos acusan de ser niños malos, egoístas o maleducados. Nos castigan. Nos quitan lo poco que habíamos obtenido. Nos dejan aún más solos. Nos obligan a permanecer en nuestras habitaciones en medio de un silencio devorador. Algunas veces incluso nos pegan, pero la paliza no nos duele tanto como la soledad. Finalmente nos damos cuenta de que nadie ha escuchado nuestros reclamos, que estamos solos y perdidos. Que somos demasiado pequeño. Que no contamos con otras herramientas, y que simplemente tenemos la certeza, de un modo visceral, que no obtenemos aquello que necesitamos. No sabemos qué hacer. La exasperación por recibir cuidados amorosos nos enloquece, nos ciega, nos llena de furia y de impotencia. Entonces surge de nuestras entrañas la necesidad de pegar aún más fuerte, más velozmente y más inteligentemente. Necesitamos afinar nuestras estrategias. Si no pegamos, si no expresamos vitalmente esto que nos pasa, moriremos en el vacío de nuestra soledad. Es lo único que podemos hacer, incluso si sabemos que luego seremos cada vez más brutalmente castigados.

Con el tiempo vamos aprendiendo que, dentro del castigo, al menos logramos tener una existencia plena y concreta en las emociones de los adultos que nos crían. Cuando nos castigan, nos ven. Estamos presentes. Tenemos una entidad, aunque sea dentro del enfado de los mayores. Nos hablan, nos gritan, nos acusan; es verdad. Pero en esas circunstancias estamos existiendo para ellos, y esa existencia es motivo suficiente para saber que en la medida que sigamos golpeando, pegando o dando patadas, estamos presentes en el interés de los adultos. No es un amor amoroso pero es amor. Para confirmarlo, algunas vez dejamos de pegar, constatando que inmediatamente desaparacemos a los ojos del adulto. Luego volvemos a pegar y, mágicamente, volvemos a existir. Ya no caben dudas, es la mejor manera que hemos encontrado para ser tenidos en cuenta.

Una revisión sincera de prioridades

Pensándolo así, desde el punto de vista de los adultos, ¿vale la pena castigar a un niño que pega? ¿Sirve imponerle una penitencia? ¿Da resultados que lo sometamos a largos discursos sobre la buena educación? Ahora bien, ¿acaso es pertinente no hacer nada, suponiendo que va a madurar solo y que aprenderá con el tiempo? No. Ni lo uno ni lo otro. Porque en ambos casos el niño permanece solo y, en consecuencia, cada vez más desesperado por obtener la mirada, comprensión y presencia. No modificaremos sus actitudes si lo aislamos o abandonamos.

¿Que hacemos entonces? Pues estaremos obligados a reconocer cuántas veces el bebé o el niño pequeño nos ha pedido presencia y no hemos sido capaces de responder. Tendremos que constatar y tomar en cuenta los pedidos de presencia, de tiempo, de observación, de quietud o de silencio que el niño ha demandado sin éxito. Será necesario revisar dónde hemos puesto nuestras prioridades, cuáles son las situaciones que atendemos en primer lugar, cada día, cada noche, cada sábado, cada domingo, cada mañana, cada tarde, cada instante de nuestra vida. La tarea será sincerarse, y en lugar de echar la culpa a algo o a alguien, tratar de ver qué es lo que sí estamos en condiciones de ofrecer.

Un ejercicio interesante y revelador es escribir una lista de tareas. Habitualmente no dejamos de responder los correos electrónicos ni los mensajes de texto del móvil. Para la mayoría de los adultos el trabajo es un prioridad, y es lógico que así sea. El secreto es constatar si cuando regresamos a casa el trabajo sigue siendo nuestra prioridad, o si somos capaces de desplazar ese interés a las demandas y requerimientos del niño pequeño. Será útil revisar la lista de obligaciones diarias que asumimos y ver si algunas de ellas son delegables. Si alguien nos puede ayudar, no cuidando del niño, sino haciéndose cargo de algunas tareas cotidianas que nos quitan tiempo y disponibilidad para nuestros hijos.

Recuperar su confianza

Todo niño pegador necesita ser más abrazado que antes. Todo niño agresivo necesita el calor de un cuerpo acogedor sabiendo que tiene permiso para permanecer allí, acurrucado, todo el tiempo que desee. ¿Hasta cuándo? Hasta que confíe en que no lo volveremos a abandonar. Hasta que constate una y otra vez que cuenta con nosotros, que no hay nada en el mundo que nos importe más que su bienestar. ¿Y cuánto tiempo puede durar eso? Un año, dos, cinco, diez, toda la vida... Depende.

¿Qué podemos hacer cuando comprendemos que el niño pide más presencia y cuidados de los que somos capaces de prodigar?Hablemos. Seamos honestos. Relatemos nuestras dificultades. Y luego busquemos sustitutos. En lugar de desmerecer lo que nos solicitan, reconozcamos que tienen necesidades especiales, que nosotros no somos capaces de responder según sus expectativas, pero que estamos en condiciones de pedir ayuda para satisfacerlos. Si estamos discapacitados afectivamente o contamos con pocos recursos emocionales, asumamos que ellos merecen, como mínimo, la explicación pertinente y modos posibles de resarcirse.

Consecuencias para el futuro

¿Qué sucederá si dejamos que las cosas siguan como están, sin intervenir ni modificar nuestra capacidad de amar? Pues que el niño organizará su sistema de intercambio afectivo a través de la violencia, que puede ser visible o invisible. Así, puede convertirse en un niño o joven golpeador. Siendo mayor y autónomo, ya no se sentirá con derecho a reclamar amor materno. Además, ni siquiera sabrá que eso es lo que anhela. Tal vez se convierta en un ser despóticamente exigente con sus padres, sus parejas o sus amistades. Creerá que tiene derecho a ser compensado siempre, pero por más que golpee, patalee o vocifere, una vez más, será despreciado por la sociedad en conjunto. Siendo adulto, los cambios dependerán de su capacidad de reconciliarse con su histórica soledad.

Artículo de Laura Gutman publicado en la revista española Tu Bebé del mes de Abril de 2009.-

domingo, 22 de febrero de 2009

Los celos


Emma ya tiene 4 meses. Ya no es un bebé que duerme la mayor parte del día, sino una bebota que ríe y sonríe, interactua, acaricia y reclama atención.
Y Joaqui está celoso. Adora a su hermana, pero a la vez se pone terrible y trata de llamar la atención cuando le hago cosquillas a Emma en el cambio de pañales, o cuando me siento un ratito a jugar con ella. Reclama tiempo en exclusiva, pero le cuesta muchísimo otorgar ese mismo espacio a su hermana.
Y a veces, tenemos que armarnos de paciencia y recordar que no es fácil para el, de ser único hijo, único nieto, y único sobrino, a pasar a compartir el cariño de TODOS, porque encima, tambien tiene dos primitas y un primito nuevos...
Por eso, y porque se que varias mamás que nos leen estan esperando el segundo embarazo, me pareció bueno compartir, y de paso tener un poco más presente, este excelente artículo de Carlos Gonzalez.


POR QUÉ TIENEN CELOS

Los adultos sienten celos de sus rivales sexuales, y los niños sienten celos de sus hermanos. ¿Qué tienen en común estas dos situaciones para que generen reacciones tan similares que les damos el mismo nombre?

Los celos no son exclusivos del ser humano. En aquellas especies, como el león, en que el macho permanece junto a la hembra y protege a las crías, suele también ahuyentar a los posibles rivales. El macho que cuida a sus hijos transmite más fácilmente sus genes, siempre y cuando sus hijos sean realmente suyos y tengan sus mismos genes. Cuidar a los hijos de otro no sale muy a cuenta desde el punto de vista evolutivo. El gen de cuidar a los hijos se transmite mejor si va acompañado del gen de los celos.

La hembra no suele tener estos problemas. Sus crías son suyas, de eso no hay dudas, y lo que haga el macho en sus ratos libres le trae sin cuidado. Pero en el ser humano, la larguísima infancia de nuestros hijos hace recomendable contar con la compañía del padre. Si tu hombre empieza a tontear con otras, un día de éstos puedes encontrarte sola y sin ayuda para cuidar a tus hijos. En nuestra especie, tanto el varón como la mujer son celosos, y no les gusta que la persona a la que aman se fije en otros.

¿Y por qué los novios tienen celos, cuando aún no tienen hijos? No es un razonamiento consciente. No tienes celos porque piensas «si mi marido se marcha, tendré dificultades para llegar a fin de mes», lo mismo que no tienes hambre porque piensas «necesito mil ochocientas calorías para mantener en marcha mi metabolismo». Son sensaciones que surgen espontáneamente de nuestro interior y que nos obligan a hacer cosas.

Los celos entre hermanos obedecen a motivos similares: los niños necesitan la atención y los cuidados de sus padres para sobrevivir. Si los padres sólo atienden a uno y olvidan al otro, este último lo va a pasar muy mal. Por tanto, cuando nace un hermanito, la reacción lógica y normal es hacer lo necesario para recordar a los padres: «¡Eh, que estoy aquí!». Es decir, llamar la atención. La motivación no es consciente; el niño de tres años no piensa: «Tengo que volver a hacerme pipí encima, tener rabietas y tartamudear, para que así mis padres me hagan más caso. » No, lo que ocurre es que, a lo largo de miles de años, los niños que hacían esas cosas u otras parecidas han tenido más posibilidades de sobrevivir, y sus genes se han extendido por el planeta.

Los niños con celos muestran una curiosa mezcla de conductas. Se comportan como un bebé más pequeño para inspirar compasión, pero también les gusta comportarse como un niño más grande para demostrar que son mejores que el pequeño. Tratan a sus padres con una mezcla de cariño casi «pegajoso» y hostilidad. Muestran hacia el hermanito un cariño exagerado que bordea la agresión, como cuando le abrazan tan fuerte que casi le ahogan. Intentan a veces golpearle, o con más frecuencia ridiculizarle («no sabe hablar, se hace caca encima»). También pueden tener rabietas y accesos de ira, insultando y golpeando a los mismos padres cuyo afecto intentaban conseguir. Pueden parecemos conductas muy extrañas, pero en el fondo es lo mismo que hace un hombre cuando sospecha que su esposa se está interesando por otro: a ratos llorar y suplicar, a ratos intentar ser un esposo modelo, lavar los platos y colmarla de regalos; a ratos mostrarse atento y cariñoso, a ratos hacer reproches y montar escenas; intentar dejar en ridículo al rival, a veces agredir al rival e incluso a su esposa...

¿Por qué nos sorprende en los niños la misma conducta que veríamos como normal en un adulto? Se compara a veces al hermano mayor con un «príncipe destronado», suponiendo que la causa de los celos es la pérdida de los privilegios del hijo único. Llevada a sus últimas consecuencias, esta manera de pensar podría conducir a no hacer mucho caso a los niños, para que así no noten la diferencia cuando nazca el hermanito. Parece una barbaridad, pero Skinner propone algo parecido en Walden Dos: los padres no han de ofrecer a su propio hijo más cariño que a cualquier otro niño:

Nuestra meta es que cada miembro adulto de Walden Dos mire a todos nuestros niños como suyos, y que cada niño mire a todos los adultos como sus padres.

La gran ventaja de tener tan poco trato con los padres es que, si éstos mueren, el huérfano no los echa de menos:

¡Piense en lo que esto significa para el niño que no tiene padre ni madre! No tiene ocasión de envidiar a sus compañeros que si tienen, porque, prácticamente, no existe diferencia entre ellos.

Pero la causa de los celos no es el recuerdo de los privilegios perdidos. Los hermanos pequeños, que jamás han sido hijos únicos y que no han podido por tanto acostumbrarse a ser «los reyes de la casa», también tienen celos de sus hermanos mayores. El haber sido cubierto de mimos en los primeros años probablemente no aumenta los celos, sino que los disminuye, o más bien da al mayor la confianza suficiente para soportarlos.

Los celos suelen ser mayores cuanto menor es la diferencia de edad, porque el mayor todavía necesita lo mismo (brazos, mimos, compañía constante) que el pequeño, y por tanto la competencia es mayor. Los celos entre hermanos son totalmente normales, y es absurdo (y muchas veces contraproducente) pretender negarlos, reprimirlos o erradicarlos.

Podemos ayudar al niño celoso demostrándole nuestro cariño incondicional. Debe saber que no necesita mostrarse celoso para obtener nuestra atención, pero también debe saber que le seguimos queriendo aunque se muestre celoso. Podemos intentar encauzar sus celos hacia manifestaciones más positivas, ayudarle a demostrar lo grande y listo que es («Cuéntale a mamá cómo me ayudaste a bañar a Pilar. ¡Qué suerte tener a Juanito en casa; me ayuda muchísimo!»). Pero no podemos pretender o esperar que un niño no tenga celos. Eso sería antinatural.

Imagine que su marido se presenta en casa una tarde con una mujer más joven: «Querida, te presento a Laura, mi segunda esposa. Espero que seáis amigas. Como es nueva y se siente extraña, le tendré que dedicar mucho tiempo, espero que tú, que eres mayor, sabrás portarte bien y ayudar más en casa. Ella dormirá en mi habitación, para que me sea más fácil cuidarla, y tú tendrás una habitación para ti sólita, porque ya eres grande. ¿A que estás contenta de tener tu propia habitación? Ah, y compartirás con ella tus joyas, claro. » ¿No estaría usted un poquito celosa?
Extraído del libro "Bésame mucho - Cómo criar a tus hijos con amor", del pediatra español Carlos Gonzalez, Ed. Temas de Hoy, pág. 115

domingo, 9 de noviembre de 2008

Mi mamá y yo a veces no nos entendemos

Joaqui siempre ha sido un niño con caracter, de lo cual me siento orgullosa, pero eso no ha dejado de traernos algunas peleas con el gordo, ya que le cuesta mucho aceptar un "no" por respuesta.
Con la llegada de Emma, si bien Joaqui adora a su hermana, algunos conflictos se han agudizado, y situaciones que antes podíamos manejar a veces se nos van de las manos, nos salta el "piloto automático" y terminamos retandolo a los gritos, amenazandolo con ponerlo en penitencia o con quitarle determinado privilegio.
A raíz de todo esto, lo comenté en un post que puso una compañera del foro Criar con el Corazón, que está pasando por una situación similar. Y entre las cosas que contestaron, nos alcanzaron este artículo de la psicoterapeuta española Yolanda Gonzalez, que me encantó y por eso puedo compartir con ustedes.
Como siempre, pueden acceder al artículo original, clickeando en el título de esta entrada.

"MI MAMÁ Y YO A VECES NO NOS ENTENDEMOS"

Publicado en revista Max Mara. Ayuntamiento de Bilbao.
  • ¿Cuántas veces sentimos ante un niño o una niña pequeña, que nos está tomando el pelo?
  • ¿Cuántas veces hemos pensado, que están “sordos”?
  • ¿Qué paciencia hay que tener en el difícil oficio de ser madre y padre!
  • ¿Por qué les cuesta tanto escucharnos? ¿Por qué no colaboran?...

Estas reflexiones y sensaciones son bastante comunes en el mundo de los adultos. Pero ¿vaya sorpresa nos llevaríamos, si supiéramos lo que ellos sienten!

¿Por qué les cuesta tanto hacer lo que les pedimos?, ¿nos están probando?

Los adultos interpretamos la conducta de nuestros hijos o hijas con el cristal de nuestra experiencia vital adulta, donde todo está teñido de intencionalidad. Leemos en sus actos una “intención”, como ocurre en el mundo adulto. Además estamos convencidos que nosotros “sabemos” y ellos “no”. Y ahí comienza una batalla a veces desesperante por hacernos entender, que acaba en más de un llanto y pataleta cuando no en enfados e impotencia. Es decir, en desarmonía, que es precisamente lo que no deseamos.


Pero a veces da la sensación que no quieren aprender la experiencia. Por ejemplo, cuando todas las mañanas son un suplicio porque se entretienen con cualquier cosa y no les da tiempo ni a desayunar para ir al cole. Y no hay forma de que lo entiendan.


Podríamos narrar cien mil experiencias similares y conocer tantas respuestas como personas, que a veces funcionan y otras no, con el objetivo de que nos hagan caso (amenazas, castigos...). Pero el problema seguiría sin solucionarse satisfactoriamente. Si queremos una relación positiva, basada en cierta armonía y no en batallas cotidianas donde hay ganadores y perdedores, tenemos que cambiar radicalmente el “chip” como adultos, viendo su conducta con los “ojos de niño”, para entender qué pasa en sus corazones y en sus cabecitas.


Entonces, ¿quizá somos nosotros quienes no les entendemos?


Ese es el punto de partida. Somos nosotros los que debemos de ponernos a su altura, y no ellos a la nuestra. Tenemos bastante desconocimiento sobre el mundo infantil: olvidamos demasiado a menudo que se están formando, que son inmaduros, y que están aprendiendo día a día. A veces les pedimos respuestas que ellos viven ajenos a su edad. Y los pequeños, a veces se sienten incomprendidos con nuestro enfado cuando no hacen lo que queremos. Es como pedirle a una niña de 6 meses que camine o hable como si tuviera 3 años. No corresponde a su edad madurativa.

Sin embargo, el mensaje de “desayuna que hay que ir al cole” o lávate los dientes para ir a la cama”, parece muy sencillo como para ser entendido.


¡Claro! Y es que antes de los 3 añitos entienden perfectamente el discurso verbal. Pero no la lógica que para los adultos tiene. Y comprender esto es crucial para que no interpretemos que nos desobedecen. Nos provocan y todas esas atribuciones que acostumbramos a adjudicarles.

¿Podrías ampliar este planteamiento?


El mundo adulto y el infantil son por naturaleza opuestos: los pequeños aprenden jugando, para ellos todo es posible, viven en la fantasía. Nosotros funcionamos desde la realidad y generalmente desde nuestros deberes. Esto es lo esencial: desde que nacen hasta los tres-cuatro años aproximadamente, están regidos por el denominado principio del placer. ¿Qué significa esto? Que para crecer sanos, sólo viven para jugar y para la expansión. Puede que recojan por imitación los juguetes, pero no lo integran como algo lógico en su vida. A partir de esas edad, y muy poco a poco, empiezan a asumir que además de jugar hay que hacer otras cosas que no gustan tanto. Pero lo hacen con ayuda del adulto. Eso es fundamental. Para ningún niño o niña el “deber” tiene el sentido que para el adulto. Se lo tenemos que recordar. No porque sean tontos, sino porque son pequeños. Porque sus necesidades y las nuestras no tienen nada que ver. Mucho más lentamente de lo que desearíamos, van asumiendo responsabilidades en su corta vida, pero esto es realmente difícil para ellos antes de los 6-7 años, edad que la que finaliza la formación de su carácter.

¿Cómo podemos llegar a entendernos?


Lo primero de todo, cambiando el “chip” y no leyendo en sus actos malas intenciones, sino inmadurez. Lo segundo, acompañándoles con mucho cariño y paciencia en las “labores” cotidianas que tengan que ver con el aseo, comidas, vestirse, etc. Porque para ellos no tienen el mismo valor que para nosotros. Lo tercero, recordando cómo nos sentíamos cuando nuestra madre o padre nos reñían, gritaban, pegaban o amenazaban por no “hacerles caso”, cuando nuestra única intención era seguir jugando. Y por último, y lo más importante pero difícil por falta de práctica, acostumbrándonos a relacionarnos en base a “acuerdos” y no tanto en “órdenes” de que sabe hacia el que “no sabe”, puesto que esa no es la mejor forma de acompañar en el crecimiento y en la exploración de la vida a lo que más queremos, nuestros hijos e hijas.

Yolanda González

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