domingo, 28 de junio de 2009

Niños que pegan, niños que no se sienten amados

Es necesario que nos pongamos en su piel, la de unas criaturas que no consiguen comunicar con palabras comprensibles a nuestros oídos que no reciben lo que necesitan. Ofrecerles tiempo y el calor de nuestros brazos es la tarea pendiente.





Los niños no nacen agresivos. Los niños no son naturalmente violentos, ni maleducados, ni coléricos ni irrespetuosos. Tampoco es verdad que los niños sean más agresivos que las niñas, ni que haya edades en que sea "normal" que se relacionen violentamente con los demás. No. Sencillamente todos los niños pequeños reaccionan a su entorno en un modo semejante a como han sido y son tratados.


El tema de la agresividad es dificil de abordar, en primer lugar porque cada uno de los adultos tenemos niveles de tolerancia muy diferentes respecto a las actitudes provocadoras de los demás. Lo que un individuo considera irrespetuoso otro piensa que es una nimiedad, ya que depende de las experiencias vitales de cada uno. Sin embargo, tomaremos el concepto de violencia cuando un niño lastima a otro. El daño puede ser provocado a través de golpes o insultos, aunque también habrá que tomar en cuenta los ataques menos visibles, como la humillación, el desprecio o la indiferencia, modos más sutiles, pero no menos desestabilizadores, que terminan igualmente hiriendo al otro.


¿Qué es lo que provoca que un niño necesite golpear o lastimar a otro? La desesperación. La exasperación por ser amado y tenido en cuenta según sus necesidades bien personales. ¿Acaso el niño pegador es aquél que no es amado? En realidad, sus padres lo aman, pero él no se siente amado, que son dos cosas muy distintas. Antes de desestimar estas ideas y de defendernos a nosotros mismos vociferando que sí amamos a nuestros hijos, hagamos un esfuerzo por pensar este amor, este vínculo que nos une, desde el punto de vista del niño pequeño.


Imaginar sus emociones

Situarnos en el lugar del otro es muy complejo, sobre todo porque en estos casos no tenemos recuerdos conscientes de cómo era vivir en el cuerpo de un bebé. Tendremos que imaginarnos sin ninguna autonomía, sin lenguaje verbal para explicar lo que necesitamos, absolutamente dependientes de los cuidados maternos, con hambre por momentos, con miedo en otros, con ansiedad, con impulsos vitales de supervivencia que no podemos manejar.

Cuando somos bebés y niños pequeños esperamos recibir los cuidados y el confort físico y afectivo que nos resultan indispensables para sentirnos bien. Tenemos la experiencia reciente de la vida intrauterina, por lo tanto es totalmente lógico que pretedamos cierto nivel de bienestar.

Pero cuando no lo obtenemos, cuando la espera duele, cuando el hambre aumenta hasta convertirse en sufrimiento, cuando la soledad lastima, cuando lloramos sin que nadie acuda, cuando el cuerpo está flotando en un vacío desgarrador, cuando nadie nos toca ni nos acaricia, cuando no somos acunados ni escuchamos melodías susurrantes; aparece la desesperación por obetener los cuidados mínimos y necesarios para sentirnos bien, es decir, para desarrollarnos saludablemente y crecer. Entonces reaccionamos. Hacemos lo que podemos con nuestros magros recursos. Pedimos auxilio a gritos. Escupimos. Mordemos. Pegamos. Incluso si sólo tenemos seis meses y todavía no somos capaces de desplazarnos por nuestros propios medios.



El castigo es la soledad

¿Qué sucede luego? Algo bastante peor de lo que esperábamos. Los adultos a su vez reaccionan a cuasa de nuestras conductas desesperadas, enfadándose y dejándonos cada vez más aislados. Nos acusan de ser niños malos, egoístas o maleducados. Nos castigan. Nos quitan lo poco que habíamos obtenido. Nos dejan aún más solos. Nos obligan a permanecer en nuestras habitaciones en medio de un silencio devorador. Algunas veces incluso nos pegan, pero la paliza no nos duele tanto como la soledad. Finalmente nos damos cuenta de que nadie ha escuchado nuestros reclamos, que estamos solos y perdidos. Que somos demasiado pequeño. Que no contamos con otras herramientas, y que simplemente tenemos la certeza, de un modo visceral, que no obtenemos aquello que necesitamos. No sabemos qué hacer. La exasperación por recibir cuidados amorosos nos enloquece, nos ciega, nos llena de furia y de impotencia. Entonces surge de nuestras entrañas la necesidad de pegar aún más fuerte, más velozmente y más inteligentemente. Necesitamos afinar nuestras estrategias. Si no pegamos, si no expresamos vitalmente esto que nos pasa, moriremos en el vacío de nuestra soledad. Es lo único que podemos hacer, incluso si sabemos que luego seremos cada vez más brutalmente castigados.

Con el tiempo vamos aprendiendo que, dentro del castigo, al menos logramos tener una existencia plena y concreta en las emociones de los adultos que nos crían. Cuando nos castigan, nos ven. Estamos presentes. Tenemos una entidad, aunque sea dentro del enfado de los mayores. Nos hablan, nos gritan, nos acusan; es verdad. Pero en esas circunstancias estamos existiendo para ellos, y esa existencia es motivo suficiente para saber que en la medida que sigamos golpeando, pegando o dando patadas, estamos presentes en el interés de los adultos. No es un amor amoroso pero es amor. Para confirmarlo, algunas vez dejamos de pegar, constatando que inmediatamente desaparacemos a los ojos del adulto. Luego volvemos a pegar y, mágicamente, volvemos a existir. Ya no caben dudas, es la mejor manera que hemos encontrado para ser tenidos en cuenta.

Una revisión sincera de prioridades

Pensándolo así, desde el punto de vista de los adultos, ¿vale la pena castigar a un niño que pega? ¿Sirve imponerle una penitencia? ¿Da resultados que lo sometamos a largos discursos sobre la buena educación? Ahora bien, ¿acaso es pertinente no hacer nada, suponiendo que va a madurar solo y que aprenderá con el tiempo? No. Ni lo uno ni lo otro. Porque en ambos casos el niño permanece solo y, en consecuencia, cada vez más desesperado por obtener la mirada, comprensión y presencia. No modificaremos sus actitudes si lo aislamos o abandonamos.

¿Que hacemos entonces? Pues estaremos obligados a reconocer cuántas veces el bebé o el niño pequeño nos ha pedido presencia y no hemos sido capaces de responder. Tendremos que constatar y tomar en cuenta los pedidos de presencia, de tiempo, de observación, de quietud o de silencio que el niño ha demandado sin éxito. Será necesario revisar dónde hemos puesto nuestras prioridades, cuáles son las situaciones que atendemos en primer lugar, cada día, cada noche, cada sábado, cada domingo, cada mañana, cada tarde, cada instante de nuestra vida. La tarea será sincerarse, y en lugar de echar la culpa a algo o a alguien, tratar de ver qué es lo que sí estamos en condiciones de ofrecer.

Un ejercicio interesante y revelador es escribir una lista de tareas. Habitualmente no dejamos de responder los correos electrónicos ni los mensajes de texto del móvil. Para la mayoría de los adultos el trabajo es un prioridad, y es lógico que así sea. El secreto es constatar si cuando regresamos a casa el trabajo sigue siendo nuestra prioridad, o si somos capaces de desplazar ese interés a las demandas y requerimientos del niño pequeño. Será útil revisar la lista de obligaciones diarias que asumimos y ver si algunas de ellas son delegables. Si alguien nos puede ayudar, no cuidando del niño, sino haciéndose cargo de algunas tareas cotidianas que nos quitan tiempo y disponibilidad para nuestros hijos.

Recuperar su confianza

Todo niño pegador necesita ser más abrazado que antes. Todo niño agresivo necesita el calor de un cuerpo acogedor sabiendo que tiene permiso para permanecer allí, acurrucado, todo el tiempo que desee. ¿Hasta cuándo? Hasta que confíe en que no lo volveremos a abandonar. Hasta que constate una y otra vez que cuenta con nosotros, que no hay nada en el mundo que nos importe más que su bienestar. ¿Y cuánto tiempo puede durar eso? Un año, dos, cinco, diez, toda la vida... Depende.

¿Qué podemos hacer cuando comprendemos que el niño pide más presencia y cuidados de los que somos capaces de prodigar?Hablemos. Seamos honestos. Relatemos nuestras dificultades. Y luego busquemos sustitutos. En lugar de desmerecer lo que nos solicitan, reconozcamos que tienen necesidades especiales, que nosotros no somos capaces de responder según sus expectativas, pero que estamos en condiciones de pedir ayuda para satisfacerlos. Si estamos discapacitados afectivamente o contamos con pocos recursos emocionales, asumamos que ellos merecen, como mínimo, la explicación pertinente y modos posibles de resarcirse.

Consecuencias para el futuro

¿Qué sucederá si dejamos que las cosas siguan como están, sin intervenir ni modificar nuestra capacidad de amar? Pues que el niño organizará su sistema de intercambio afectivo a través de la violencia, que puede ser visible o invisible. Así, puede convertirse en un niño o joven golpeador. Siendo mayor y autónomo, ya no se sentirá con derecho a reclamar amor materno. Además, ni siquiera sabrá que eso es lo que anhela. Tal vez se convierta en un ser despóticamente exigente con sus padres, sus parejas o sus amistades. Creerá que tiene derecho a ser compensado siempre, pero por más que golpee, patalee o vocifere, una vez más, será despreciado por la sociedad en conjunto. Siendo adulto, los cambios dependerán de su capacidad de reconciliarse con su histórica soledad.

Artículo de Laura Gutman publicado en la revista española Tu Bebé del mes de Abril de 2009.-

15 comentarios:

Mundo de Ariadna dijo...

maravilloso, grande laura gutman como siempre!!!

Ileana dijo...

Que magnífico este artículo!!! Laura Gutman da en el clavo.
Bonito blog.
Te invito al mío.
Saludos desde Tenerife.
http://www.tenemostetas.com

Andrea dijo...

Me encantó el artículo y me toca de cerca .... Mi hijo de 1 año ah empezado a pegar y no entendia de "donde lo aprendio pues nunca lo vio" Quizás esté necesitando algo que yo no he percibido que necesita .... más brazos pude ser ... ahora que ya camina uno piensa que no necesita tantos brazos ... aparentemente el si los necesita. GRACIAS!!!

Carina dijo...

Muy bueno, pero veo que siempre se le da importancia al nino que pega y que pasa con los que son pegados. Hay que dejar que sean pegados o es preferible intervenir sacarles suavemnte la mano para evitar la reiteracion?

Jose y Cali dijo...

Carina, depende mucho de cada caso, la edad del niño que pega, la edad del niño que es pegado, etc. Yo creo que en lo posible hay que tratar de que los niños resuelvan solos sus conflictos. Si esto no es posible, ofrecer alternativas para ayudarlos a resolverlo. Si simplemente el niño pega, enseñar al que es pegado que puede frenar y decirle al que le pega que eso no le gusta, que lo lastima, etc. Si esto tampoco soluciona el caso, podemos intervenir hablando con los padres del niño que pega, o si no se puede, separandolos y explicando al niño que pega que eso no se hace, que lastima, duele, etc. A veces un NO cortante es suficiente (lo he comprobado con un sobrino mío, que la tiene a Emmita de punto).
Creo recordar que algún libro de LG habla de los niños "que se dejan pegar", voy a ver si lo encuentro.
Saludos!

Anónimo dijo...

Me interesa cómo solucionar el tema. Mi hijo es "al que le pegan" y la situación es muy incómoda y entristecedora porque quien le pega es su primo (es 3 días mayor que el mío). Ambos tienen 17 meses. Antes podían estar juntos, luego comenzó a tirarle e pelo eventualmente, desde hace un par de meses que lo golpea e inclusive le pega con algún juguete. Los he observado y no hay ningún disparador recurrente. Mi hijo llora y se aleja, me lleva hasta la puerta de salida para que nos vayamos. El problema es que ha comenzado ha estar temeroso de su presencia, cuando vamos a un lugar donde su primo puede estar entra temeroso y no quiere darse con nadie; siendo que antes en esos lugares y con esa gente estaba feliz de compartir momentos. Al primo lo retan, le hablan... cuando se da la situación yo he intentado detenerlo, le he hablado bien luego de que lo ha hecho pero queda alterado o le pide perdón y luego vuelve a golpearlo... ¿qué se podría hacer?. Muchas gracias!!!!!

Yelithza Martínez Félix dijo...

Guao.... soy maestra mi nombre es Yelithza y estoy muy preocupada por una nena que tengo en el salón porque golpea constantemete a sus compañeros, pero ahora, con la lectura de este artículo me queda claro que la forma en la que estaba tratando a mi alumna era la incorrecta, ahora tengo una visión diferente para tratarla. Me encanto y fue de mucha ayuda muchas gracias.

Juan Manuel dijo...

Hola,
Mi hija hoy tiene 5 años y tiene un primito de 8 años que siempre desde chiquita la pelea y le pega. Llega a niveles de tirarle piedras u objetos que le hacen daño. Los padres (mis cuñados), no hacen nada y si le decimos algo, como el fin de semana que le dije que se fuera a su casa (nuestras casas están pegadas), se ofenden y no te miran mas, además de insultar y otras cosas mas feas. Que se puede hacer para que este chico cambie la actitud?. Son primos!!! Gracias

Anónimo dijo...

Hola, este artículo habla de que con amor es posible solucionar los problemas con los pequeños. Pero mi pregunta es ¿y si a pesar de darles amor y atenderlos, el pequeño sigue pegando?. En mi caso, mi hijo de dos años pega y empuja siempre que puede, yo le digo que no se hace daño a nadie, que así no se consigue nada, él es muy listo y me entiende, pero lo sigue haciendo e incluso ha hecho daño a algún niño más pequeño cuando lo ha empujado. Me preocupa y no sé qué hacer, hay tanta diversidad de opiniones que es difícil decidir cuál es la solución.

Anónimo dijo...

De acuerdo con anónimo. Laura, dices tan contundentemente al principio que no hay niños violentos por naturaleza y que la única causa posible es el abandono afectivo. No sé qué tipo de estudio habrás hecho sobre el tema, pero desde luego no se basa en ninguna estadistica, porque dudo que mi hijo sea el único que ha sido criado con infinito amor y total dedicación y que aún así pega, sin razón aparente. He odído a otros expertos en psicología infantil que es algo normal en la infancia, una forma de experimentar incluso. Pero tú rechazas eso. Cómo se nota que a tí no te ha pasado ninguna vez. ni a tí ni a ninguno que solo acepta lo que tú dices, sin tener ni idea. Pero hay niños muy muy queridos que pegan. Y hay niños muy muy maltratados afectiva y físicamente que no pegan. Qué curioso no?
No soporto a los que hablan sin saber y menos tan contundentemente. Y no soporto a los que rechazan otras opciones posibles sin justificación alguna. Menos aún cuando se trata de juzgar el amor de los padres. Y mucho menos aún cuando sabes que hay gente con problemas de este tipo buscando soluciones y lo único que sacan de blogs como el tuyo es sentirse muy culpables sin razón para ello y ninguns solución a su problema.

Jose y Cali dijo...

Queridos "Anónimos": como dice al final del artículo, este texto NO es de mi autoría. Lo escribió la psicóloga y autora de varios libros (La maternidad y el encuentro con la propia sombra, entre otros), Laura Gutman.
Este blog no intenta juzgar a nadie. Solo es un espacio donde compartir pensamientos, experiencias propias y ajenas, y artículos que nos ayuden a reflexionar en está hermosa tarea de ser padres.
Un abrazo.

Anónimo dijo...

En este artículo Vi reflejado varios casos muy cercanos. Excelentes reflexiones, me cambiaron la visión acerca los niños y los no tan niños que se manifiestan con violencia física, verbal y de otros tipos. Me encanto...

Anónimo dijo...

Hola yo tengo una hija de 4 años y mi sobrino que tiene 5 le pega y constantemente la ultima vez la pateo y mi hija cayo al suelo golpeandose la cabeza nadie ni padres ni nadie le dice nada ese dia estallamos y con mi marido resulta que nos convertimos en los malos nosotros no creemos que le falte amor a mi sobrino si no que le festejan todo y evidentemente es algo muy peligroso seria bueno un articulo como ayudar a nuestros hijos a defenderse de ese tipo de niños,aclaro por supuesto que no con golpes

Anna Barreno dijo...

Que excelente articulo...la verdad es que si es un factor muy imfluyente cuan solo se puede sentir u niño...este articulo removio cosas que necesito modificar y que ahora debo trabajar para que esto pare. Hasta conseguir la confianza de que mi hijo se sienta amado.gracias realmente me es de gran utilidad.

Anónimo dijo...

Hola, pies debo de ser de las pocas personas que no este desacuerdo con este post. Tengo una bebe de 18 meses y a empezado a pegar. Pega a todo el mundo , incluso a mi. Pero , me da la sensación que para ella es un juego, ya que no pega porque esta enfadada o disgustada por algo. Pega son más y seguidamente se ríe.
Como madre le doy mucho amor, estoy todo el día besándola, abrazándola, jugando con ella, enseñándole , leyéndole libros....... Es mi prioridad y se lo demuestro a cada momento. Si en algo fallo es en estar tan apegada a ella, no de lo contrario. Y sin embargo pega. Me cuesta creer que no se sienta amada y que sea la razón de este comportamiento nuevo que ha adoptado.

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